Manual para Ser Niño

Gabriel García Márquez

Aspiro a que estas reflexiones sean un manual para que los niños se atrevan a defenderse de los adultos en el aprendizaje de las artes y las letras. No tienen una base científica sino emocional o sentimental, si se quiere, y se fundan en una premisa improbable: si a un niño se le pone frente a una serie de juguetes diversos, terminará por quedarse con uno que le guste más. Creo que esa preferencia no es casual, sino que revela en el niño una vocación y una aptitud que tal vez pasarían inadvertidas para sus padres despistados y sus fatigados maestros.Creo que ambas le vienen de nacimiento, y sería importante identificarlas a tiempo y tomarlas en cuenta para ayudarlo a elegir su profesión. Más aun: creo que algunos niños a una cierta edad, y en ciertas condiciones, tienen facultades congénitas que les permiten ver más alla de la realidad admitida por los adultos. Podrían ser residuos de algún poder adivinatorio que el género humano agotó en etapas anteriores, o manifestaciones extraordinarias de la intuición casi clarividente de los artistas durante la soledad del crecimiento, y que desaparecen, como la glándula del timo, cuando ya no son necesarias.

Creo que se nace escritor, pintor o músico. Se nace con la vocación y en muchos casos con las condiciones físicas para la danza y el teatro, y con un talento propicio para el periodismo escrito, entendido como un género literario, y para el cine, entendido como una síntesis de la ficción y la plástica. En ese sentido soy un platónico: aprender es recordar. Esto quiere decir que cuando un niño llega a la escuela primaria puede ir ya predispuesto por la naturaleza para alguno de esos oficios, aunque todavía no lo sepa. Y tal vez no lo sepa nunca, pero su destino puede ser mejor si alguien lo ayuda a descubrirlo. No para forzarlo en ningún sentido, sino para crearle condiciones favorables y alentarlo a gozar sin temores de su juguete preferido. Creo, con una seriedad absoluta, que hacer siempre lo que a uno le gusta, y sólo eso, es la formula magistral para una vida larga y feliz.

Para sustentar esa alegre suposición no tengo más fundamento que la experiencia difícil y empecinada de haber aprendido el oficio de escritor contra un medio adverso, y no sólo al margen de la educación formal sino contra ella, pero a partir de dos condiciones sin alternativas: una aptitud bien definida y una vocación arrasadora. Nada me complacería más si esa aventura solitaria pudiera tener alguna utilidad no sólo para el aprendizaje de este oficio de las letras, sino para el de todos los oficios de las artes.

La vocación sin don y el don sin vocación

Georges Bernanos, escritor católico francés, dijo: “Toda vocación es un llamado”. El Diccionario de Autoridades, que fue el primero de la Real Academia en 1726, la definió como “la inspiración con que Dios llama a algún estado de perfección”. Era, desde luego, una generalización a partir de las vocaciones religiosas. La aptitud, según el mismo diccionario, es “la habilidad y facilidad y modo para hacer alguna cosa”. Dos siglos y medio después, el Diccionario de la Real Academia conserva estas definiciones con retoques mínimos. Lo que no dice es que una vocación inequívoca y asumida a fondo llega a ser insaciable y eterna, y resistente a toda fuerza contraria: la única disposición del espíritu capaz de derrotar al amor.

Las aptitudes vienen a menudo acompañadas de sus atributos físicos. Si se les canta la misma nota musical a varios niños, unos la repetirán exacta, otros no. Los maestros de música dicen que los primeros tienen lo que se llama el oído primario, importante para ser músicos. Antonio Sarasate, a los cuatro años, dio con su violín de juguete una nota que su padre, gran virtuoso, no lograba dar con el suyo. Siempre existirá el riesgo, sin embargo, de que los adultos destruyan tales virtudes porque no les parecen primordiales, y terminen por encasillar a sus hijos en la realidad amurallada en que los padres los encasillaron a ellos. El rigor de muchos padres con los hijos artistas suele ser el mismo con que tratan a los hijos homosexuales.

Las aptitudes y las vocaciones no siempre vienen juntas. De ahí el desastre de cantantes de voces sublimes que no llegan a ninguna parte por falta de juicio, o de pintores que sacrifican toda una vida a una profesión errada, o de escritores prolíficos que no tienen nada que decir. Sólo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda, pero no por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estudio, la técnica y un poder de superación para toda la vida.

Para los narradores hay una prueba que no falla. Si se le pide a un grupo de personas de cualquier edad que cuenten una película, los resultados serán reveladores. Unos darán sus impresiones emocionales, políticas o filosóficas, pero no sabrán contar la historia completa y en orden. Otros contaran el argumento, tan detallado como recuerden, con la seguridad de que será suficiente para transmitir la emoción del original. Los primeros podrán tener un porvenir brillante en cualquier materia, divina o humana, pero no serán narradores. A los segundos les falta todavía mucho para serlo -base cultural, técnica, estilo propio, rigor mental- pero pueden llegar a serlo. Es decir: hay quienes saben contar un cuento desde que empiezan a hablar, y hay quienes no sabrán nunca. En los niños es una prueba que merece tomarse en serio.

Las ventajas de no obedecer a los padres

La encuesta adelantada para estas reflexiones ha demostrado que en Colombia no existen sistemas establecidos de captación precoz de aptitudes y vocaciones tempranas, como punto de partida para una carrera artística desde la cuna hasta la tumba. Los padres no están preparados para la grave responsabilidad de identificarlas a tiempo, y en cambio sí lo están para contrariarlas. Los menos drásticos les proponen a los hijos estudiar una carrera segura, y conservar el arte para entretenerse en las horas libres. Por fortuna para la humanidad, los niños les hacen poco caso a los padres en materia grave, y menos en lo que tiene que ver con el futuro.

Por eso los que tienen vocaciones escondidas asumen actitudes engañosas para salirse con la suya. Hay los que no rinden en la escuela porque no les gusta lo que estudian, y sin embargo podrían descollar en lo que les gusta si alguien los ayudara. Pero también puede darse que obtengan buenas calificaciones, no porque les guste la escuela, sino para que sus padres y sus maestros no los obliguen a abandonar el juguete favorito que llevan escondido en el corazón. También es cierto el drama de los que tienen que sentarse en el piano durante los recreos, sin aptitudes ni vocación, sólo por imposición de sus padres. Un buen maestro de música, escandalizado con la impiedad del método, dijo que el piano hay que tenerlo en la casa, pero no para que los niños lo estudien a la fuerza, sino para que jueguen con él.

Los padres quisiéramos siempre que nuestros hijos fueran mejores que nosotros, aunque no siempre sabemos cómo. Ni los hijos de familias de artistas están a salvo de esa incertidumbre. En unos casos, porque los padres quieren que sean artistas como ellos, y los niños tienen una vocación distinta. En otros, porque a los padres les fue mal en las artes, y quieren preservar de una suerte igual aun a los hijos cuya vocación indudable son las artes. No es menor el riesgo de los niños de familias ajenas a las artes, cuyos padres quisieran empezar una estirpe que sea lo que ellos no pudieron. En el extremo opuesto no faltan los niños contrariados que aprenden el instrumento a escondidas, y cuando los padres los descubren ya son estrellas de una orquesta de autodidactas.

Maestros y alumnos concuerdan contra los métodos académicos, pero no tienen un criterio común sobre cuál puede ser mejor. La mayoría rechazaron los métodos vigentes, por su carácter rígido y su escasa atención a la creatividad, y prefieren ser empíricos e independientes. Otros consideran que su destino no dependió tanto de lo que aprendieron en la escuela como de la astucia y la tozudez con que burlaron los obstáculos de padres y maestros. En general, la lucha por la supervivencia y la falta de estímulos han forzado a la mayoría a hacerse solos y a la brava.

Los criterios sobre la disciplina son divergentes. Unos no admiten sino la completa libertad, y otros tratan incluso de sacralizar el empirismo absoluto. Quienes hablan de la no disciplina reconocen su utilidad, pero piensan que nace espontánea como fruto de una necesidad interna, y por tanto no hay que forzarla. Otros echan de menos la formación humanística y los fundamentos teóricos de su arte. Otros dicen que sobra la teoría. La mayoría, al cabo de años de esfuerzos, se sublevan contra el desprestigio y las penurias de los artistas en una sociedad que niega el carácter profesional de las artes.

No obstante, las voces más duras de la encuesta fueron contra la escuela, como un espacio donde la pobreza de espíritu corta las alas, y es un escollo para aprender cualquier cosa. Y en especial para las artes. Piensan que ha habido un despilfarro de talentos por la repetición infinita y sin alteraciones de los dogmas académicos, mientras que los mejor dotados sólo pudieron ser grandes y creadores cuando no tuvieron que volver a las aulas. “Se educa de espaldas al arte”, han dicho al unísono maestros y alumnos. A éstos les complace sentir que se hicieron solos. Los maestros lo resienten, pero admiten que también ellos lo dirían. Tal vez lo más justo sea decir que todos tienen razón. Pues tanto los maestros como los alumnos, y en última instancia la sociedad entera, son víctimas de un sistema de enseñanza que está muy lejos de la realidad del país.

De modo que antes de pensar en la enseñanza artística, hay que definir lo más pronto posible una política cultural que no hemos tenido nunca. Que obedezca a una concepción moderna de lo que es la cultura, para qué sirve, cuánto cuesta, para quién es, y que se tome en cuenta que la educación artística no es un fin en sí misma, sino un medio para la preservación y fomento de las culturas regionales, cuya circulación natural es de la periferia hacia el centro y de abajo hacia arriba.

No es lo mismo la enseñanza artística que la educación artística. Ésta es una función social, y así como se enseñan las matemáticas o las ciencias, debe enseñarse desde la escuela primaria el aprecio y el goce de las artes y las letras. La enseñanza artística, en cambio, es una carrera especializada para estudiantes con aptitudes y vocaciones específicas, cuyo objetivo es formar artistas y maestros como profesionales del arte.

No hay que esperar a que las vocaciones lleguen: hay que salir a buscarlas. Están en todas partes, más puras cuanto más olvidadas. Son ellas las que sustentan la vida eterna de la música callejera, la pintura primitiva de brocha y sapolín en los palacios municipales, la poesía en carne viva de las cantinas, el torrente incontenible de la cultura popular que es el padre y la madre de todas las artes.

¿Con qué se comen las letras?

Los colombianos, desde siempre, nos hemos visto como un país de letrados. Tal vez a eso se deba que los programas del bachillerato hagan más énfasis en la literatura que en las otras artes. Pero aparte de la memorización cronológica de autores y de obras, a los alumnos no les cultivan el hábito de la lectura, sino que los obligan a leer y a hacer sinopsis escritas de los libros programados. Por todas partes me encuentro con profesionales escaldados por los libros que les obligaron a leer en el colegio con el mismo placer con que se tomaban el aceite de ricino. Para las sinopsis, por desgracia, no tuvieron problemas, porque en los periódicos encontraron anuncios como éste: “Cambio sinopsis de El Quijote por sinopsis de La Odisea”. Así es: en Colombia hay un mercado tan próspero y un tráfico tan intenso de resúmenes fotostáticos, que los escritores armamos mejor negocio no escribiendo los libros originales sino escribiendo de una vez las sinopsis para bachilleres. Es este método de enseñanza -y no tanto la televisión y los malos libros-, lo que está acabando con el hábito de la lectura. Estoy de acuerdo en que un buen curso de literatura sólo puede ser una gema para lectores. Pero es imposible que los niños lean una novela, escriban la sinopsis y preparen una exposición reflexiva para el martes siguiente. Sería ideal que un niño dedicara parte de su fin de semana a leer un libro hasta donde pueda y hasta donde le guste -que es la única condición para leer un libro-, pero es criminal, para él mismo y para el libro, que lo lea a la fuerza en sus horas de juego y con la angustia de las otras tareas.

Haría falta -como falta todavía para todas las artes- una franja especial en el bachillerato con clases de literatura que sólo pretendan ser guías inteligentes de lectura y reflexión para formar buenos lectores. Porque formar escritores es otro cantar. Nadie enseña a escribir, salvo los buenos libros, leídos con la aptitud y la vocación alertas. La experiencia de trabajo es lo poco que un escritor consagrado puede transmitir a los aprendices si éstos tienen todavía un mínimo de humildad para creer que alguien puede saber más que ellos. Para eso no haría falta una universidad, sino talleres prácticos y participativos, donde escritores artesanos discutan con los alumnos la carpintería del oficio: cómo se les ocurrieron sus argumentos, cómo imaginaron sus personajes, cómo resolvieron sus problemas técnicos de estructura, de estilo, de tono, que es lo único concreto que a veces puede sacarse en limpio del gran misterio de la creación. El mismo sistema de talleres está ya probado para algunos géneros del periodismo, el cine y la televisión, y en particular para reportajes y guiones. Y sin exámenes ni diplomas ni nada. Que la vida decida quién sirve y quién no sirve, como de todos modos ocurre.

Lo que debe plantearse para Colombia, sin embargo, no es sólo un cambio de forma y de fondo en las escuelas de arte, sino que la educación artística se imparta dentro de un sistema autónomo, que dependa de un organismo propio de la cultura y no del Ministerio de la Educación. Que no esté centralizado, sino al contrario, que sea el coordinador del desarrollo cultural desde las distintas regiones del país, pues cada una de ellas tiene su personalidad cultural, su historia, sus tradiciones, su lenguaje, sus expresiones artísticas propias. Que empiece por educarnos a padres y maestros en la apreciación precoz de las inclinaciones de los niños, y los prepare para una escuela que preserve su curiosidad y su creatividad naturales. Todo esto, desde luego, sin muchas ilusiones. De todos modos, por arte de las artes, los que han de ser ya lo son. Aun si no lo sabrán nunca.

Tomado del Tomo 2 de la colección “Documentos de la Misión, Ciencia, Educación y Desarrollo: Educación para el Desarrollo”. Presidencia de la República – Consejería para el Desarrollo Institucional  Colciencias Santafé de Bogotá D.C., 1995
Cuidado con el Perro
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La Oración del Labriego

La capacidad creativa del bardo criollo Felipe Pinglo asombraba a todos. Nuestro gran compositor podía crear canciones maravillosas, al instante, con sólo tener algún tema sobre el cual escribir. De esa manera nacieron los valses “El canillita”, “Melodías del corazón”, “Mendicidad”, “Tu nombre y el mío”, “La oración del labriego” y otros más, que Pinglo los escribió en presencia de amistades, las cuales fueron testigos del nacimiento de una obra más de nuestro magnífico bardo inmortal.

No se ha podido comprobar si Pinglo tuvo alguna afiliación política. Sin embargo, es muy claro que él sentía y vivía los problemas sociales de su época, como lo demuestra en algunas de sus composiciones. Una persona a la cual le preocupaba no sólo sacar adelante la canción criolla, sino también el progreso nacional, como lo mencionó en su carta a Víctor Echegaray en junio de 1931, no podía estar ausente de los problemas sociales que ocurrían a su alrededor, de ninguna manera.

Felipe Pinglo se sintió influenciado por los intelectuales de su época, como es el caso de José Carlos Mariátegui y Leonidas Yerovi. A Yerovi lo admiraba tanto que hasta le dedicó una de sus composiciones y, según el cronista Gonzalo Toledo, a Mariátegui lo solía visitar en la calle Sequión de los Barrios Altos, llamada también calle del Acequión, actual calle Huari, en el No. 271. Allí Pinglo le mostró algunas de sus composiciones, pero no se sabe nada más sobre la relación entre ellos; aunque recuerdo haber leído que Mariátegui no prestaba mucha atención a lo que Pinglo le enseñaba. Tal vez porque pensaba que ésa no era la manera de llegar al pueblo y sus problemas.

A mi parecer, las composiciones que Pinglo le enseñó a Mariátegui fueron las de amor, por ello Mariátegui no le prestaba mucha atención. Esto lo sostengo en base a que Mariátegui falleció el 16 de abril de 1930 y durante la década de los 20 Pinglo no componía todavía sus canciones de contenido social. Fue en sus últimos años de vida, los años 30 del siglo pasado, en que Pinglo empezó a crear canciones de contenido social, después de la muerte de Mariátegui. Si tan sólo José Carlos Mariátegui hubiese vivido unos años más, para poder apreciar “El Plebeyo”, “Pobre obrerita”, “El canillita”, “Mendicidad” y “La oración del labriego”, tal vez él mismo se hubiese acercado, esta vez, al Maestro.

Por aquellos años 30, Lima estaba llena de huertas y chacras, especialmente en sus afueras. Mucha gente se dedicaba a trabajar la tierra, madrugando para ello, dependiendo del clima para que sus frutos florezcan. Cuando Pinglo observa este trabajo, decide plasmar en versos la labor de la gente que trabaja la tierra y la esperanza que abrigan, o fe, en que el clima los ayudará con sus sembríos.

Carmen Pinglo, hija de Felipe Pinglo, le contaría a Ricardo Miranda Tarrillo como fue que nació el hermoso vals “La oración del labriego”, que Pinglo creara ante la presencia de muchas personas, incluyendo su familia, unos días después de que creara su vals “Mendicidad”.

La noche del 21 de agosto de 1934, Felipe Pinglo acompañado de su esposa, cuñados y amistades se dirigieron a la Hacienda Mendoza en Monterrico para brindarle una serenata a su comadre María Rosa Martínez de Tirado, esposa de Antonio Tirado, caporal de dicha hacienda. El cumpleaños de María Rosa era el día 22 de agosto, así que luego de la serenata, y posterior brindis, se procedió a festejar el onomástico con música, que entonaban los criollos que acompañaron a Pinglo, comida y trago que habían llevado; porque antes se acostumbraba llegar a una casa con todo preparado con el afán de no poner en compromisos a los dueños de casa.

Eran las primeras horas de la madrugada del día 22 de agosto de 1934 y Pinglo decide salir de la casa, quizás, a tomar un poco de aire fresco y descansar un poco de la bulla que toda reunión siempre causa. Se pone a caminar alejándose de la casa, deteniéndose en una tapia desde donde se pone a observar a los campesinos que desde temprano ya están trabajando la tierra, abriendo surcos en ella y esparciendo las semillas que después brindarán los frutos deseados.

Aquella escena conmueve a nuestro bardo por lo que saca su lápiz y papel, que solía cargar, y se pone a escribir los versos de una nueva canción, mientras seguía contemplando el trabajo de los labriegos. Cuando el sol está ya del todo alumbrando en el cielo, Pinglo tiene terminada la letra de un vals que muy pronto empezaría a sonar en todos los ambientes musicales, “La oración del labriego”.

El grupo “Mercedarias”, que estrenó con Pinglo su vals “Mendicidad”, sería quien primero empezaría a divulgar la hermosa creación de nuestro bardo criollo, que rápidamente empezó a circular por la ciudad capital. La tradicional Fiesta de Amancaes fue también uno de los escenarios donde se entonaría el vals de Pinglo “La oración del labriego”, cuando el Conjunto Criollo de Canto y Guitarra lo ejecutó allí el 24 de junio de 1938.

El cine y el teatro fueron asimismo escenarios de algunas de las composiciones de Felipe Pinglo. El lunes 12 de mayo de 1941 se presentó en el teatro Metropolitan la revista musical “Melodías de Pinglo”, con libretos y escenografía de Aurelio Collantes y Augusto Naranjo. Se escenificó “La oración del labriego”, “Bouquet”, “El Plebeyo” y “Mendicidad”.

Ese mismo año, 1941, el cancionero “Alta Voz” señalaba que “La oración del labriego” era uno de los temas preferidos del repertorio de Jesús Vásquez, quien lo interpretaba en la radio y, años después, lo llevó al disco…

En la edición No. 1563 de “El Cancionero de Lima”, de abril de 1945, se publica la letra de “La oración del labriego” mencionándose que fue grabado en Argentina por “Los Trovadores del Perú”. Jorge Huirse los acompañó en dicha grabación, en el piano con Miguel Paz, para el sello Odeón.

La Orquesta de Miguel Caló, que tenía ya en su repertorio las composiciones peruanas “El Plebeyo”, “Me duele el corazón” y “Todos Vuelven”, también incluyó “La oración del labriego” que fue todo un éxito en tierras argentinas.

En La Crónica del 31 de mayo de 1945, Juan Rasilla Moreno contó de que Andrés Segovia, el gran guitarrista de fama mundial, dijo en una oportunidad de que era imposible que una persona que no leyera música a primera vista, hubiera podido componer tan linda pieza; refiriéndose a Pinglo y “La oración del labriego”.

A inicios de los 60, “El Cumpa” Jorge Donayre Belaúnde llevó a la televisión la representación de algunos de los valses de Pinglo. Se escenificaron los valses “La oración del labriego”, “De vuelta al barrio”, “El espejo de mi vida”, “El huerto de mi amada” y “El Plebeyo”. En la actualidad, “La oración del labriego” sigue entonándose y causando admiración por su hermosa letra y música, habiéndose convertido en uno de los valses inmortales del cancionero criollo peruano.

La Oración del Labriego
(Vals Peruano)
Felipe Pinglo
Es ya de madrugada, el labriego despierta,
al entreabrir sus ojos la luz del alba ve;
entonces presuroso, saliendo de su lecho
musita esta plegaria lleno de amor y fe:”Señor,
Tú que has creado las aguas de los ríos
y a los prados permites el verdor que se ve,
no niegues al labriego el divino rocío
que con cada caída alegra nuestro ser.
La campiña que luce hermosos atributos,
por ti florece siempre, cual ameno vergel;
pero si Tú nos niegas agua, sol y rocío,
morirán los labriegos de inanición y sed”.
Después de la jornada, la lampa sobre el hombro,
al ponerse la tarde retorna el labrador
y mientras tranquea de vuelta a la cabaña,
cantando el pensamiento modula esta canción:

“La ansiada primavera que exalta los amores
te debe la pureza de todo su arrebol
y el concierto admirable de pájaros y flores
por obra de tu gracia ostenta su primor”.

En medio de este encanto que alegra corazones
el labriego es el guarda de tan rico joyel,
como guardián te pido que con tu omnipotencia
multipliques los frutos que cosechar podré.

(Versión publicada en “El Cancionero de Lima” No. 1141)

Por: Dario Mejia
Melbourne, Australia

Volar con Alas Rotas

Volar con alas rotas.
Sin tiempo y sin rumbo.
Volar hasta otro mundo.
Sorprendiendo la derrota.

Volar con alas rotas.
Aún siendo vagabundo.
Volar por un segundo.
Entonando azules notas.

Dejar atrás el tiempo.
Ser libre y nada más.
Vivir ese momento.

Volar hasta el jamás.
Igualarse con el viento.
Y no volver atrás.

Los Jorgitos

Vanitas Vanitatis

«Se había adiestrado en el hábito de simular que era alguien
para que no se descubriera su condición de nadie»
Jorge Luis Borges

En el principio eras la nada. Luego de tu primer big bang, suceso caprichoso que no discurre siempre a la misma edad, empezaste a ser algo. Con el tiempo y algún esfuerzo meritorio, llegaste lentamente a ser alguien. Por entonces, además, eras alguien razonable, que entendía en parte la complejidad de la vida, amaba, disentía, se indignaba ante lo injusto, hacía confidencias, compartía un café con alegría y se hallaba cómodo entre amigos hablando del país, abominando la fatuidad del poder, como cualquier ciudadano informado e inconforme con la herencia más oscura de nuestra propia historia. Por entonces, tus ojos ya se abrían del todo, saludabas, sabías sonreír y pronunciar en ocasiones, con la voz de tu conciencia, la palabra no.

Años después tuviste un cargo, de esos con plaquita metálica en la puerta. Te dieron secretaria, tu primer sueldo importante, un presupuesto a sola firma y un puñado de gente a tu servicio. En el tiempo que duró tu desconcierto, seguías siendo razonable, conservabas la ilusión por la justicia, disfrutabas todavía del café con los amigos y te negabas en secreto a volverte un canónico del sistema. Tus ojos permanecían aún abiertos y seguías repudiando, convencido, el legado más sombrío de nuestra historia republicana a la idiosincrasia nacional. Tocado todavía de una lúcida humildad, no asomaba por tu mente la palabra mérito, mas seguía sonando fuerte la palabra responsabilidad.
Infelizmente, el efecto sorpresa no dura para siempre. Fue tu segundo big bang, aquel que los astrónomos definen como una nueva contracción del universo expandido por la primera gran explosión. Aprendiste a parpadear, a mirar para otra parte, a dejar los ojos entreabiertos por tiempo indefinido o a cerrarlos sin disimulo si acaso lo sentías conveniente. Te habituaste a decir sí, cada vez que tu corazón gritaba no. Tus saludos se fueron alternando, parecías distraído, tomabas menos café, ya no hacías confidencias, sonreías poco y cuando lo hacías, tu sonrisa parecía un carnaval. Fue así que, sin notarlo, un mal día regresaste a ser algo.
Y el cosmos siguió y siguió empequeñeciéndose. De repente, la noción de injusticia se volvía una verdad sólo cuando te regateaban un elogio o te canjeaban un aplauso por la palabra desacuerdo. Ahora odiabas el café, ya no hablabas de la historia y el poder empezó a parecerte primoroso. Las únicas emociones que dejaste anidar en tu corazón eran la rabia y el desprecio por todo lo distinto a los flatteurs de tu cortejo. La sonrisa se esfumó de tu rostro, aunque aprendiste a usar el arrebol para dibujarla cuando llegaba la noche y con ella el champagne y la dulce melodía de la fiesta de las máscaras. Espantaste a tus amigos. Usaste a algunos. Te mofaste de otros. Denigraste a muchos. Te vengaste de varios con disimulo. Tus ojos se cerraron y un mal día, sin que lo adviertas, te volviste nada.
Es el año 2011. A la placa de tu puerta se le están cayendo los tornillos. El metal se ha ennegrecido, tu nombre se lee ahora con dificultad. Tu escritorio empieza a ser pulido con inusual diligencia por unos extraños hombrecillos, como si estuviesen preparándolo para un nuevo dueño. El mundo, tu mundo, empezó a girar con ímpetu inusual, trastocándolo todo. Entonces, el milagro. Retomas de pronto tu pasión por el café, sonríes mucho más, saludas nuevamente con la efusión perdida y hasta vuelve tu interés por discutir la historia, como si estuvieses recobrando la memoria. Tus odios empiezan a vestirse con los ajuares del amor, convocas a tus viejas amistades y, delante de tu antiguo espejo, tan ajado por la vanidad, reentrenas tus estropeados labios en el digno sonido de la palabra no.
Pero no hay tercer big bang. Tu perplejo rostro se encoge, irremediable, hasta perderse en los pliegues del sistema que alguna vez abominaste, refundiéndose en sus fibras más triviales como cualquiera de sus átomos. Te imaginaste Ares o Hera en el Hereo, pero mirabas como Hades y actuabas como Erinias. Se acabó. La inmortalidad fue sólo un sueño. El ciclo de la vida que elegiste ha llegado a su final. Otra vez eres tú, pero eres menos tú que nunca. Es difícil de aceptarlo, pero fue hace ya algún tiempo, un mal día como hoy, que regresaste a la nada. Y allí te quedarás, aún si en el reino de Alecto y de Megera volvieran a necesitar de tus servicios.

Me Enferma

Me Enfermas


Eres tú mi vicio
Tú, mi enfermedad
Es como una fiebre de felicidad
No quiero curarme
De este mal de amor

En vez de mejorarme prefiero estar peor
Quiero yo empaparme
Todo con tu piel
De ese venenito, que tiene tu piel

Con agua de rosas
Dame una inyección
Ponle algún remedio a mi corazón
A mi corazón, a mi corazón, a mi corazoooon!!!!!

Ese cuerpo que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma
Esos ojos que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma
Esos labios que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma
La cintura que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma

Llenaste tú mi vida
De yo no sé que
Eres como azúcar, para mi café
Dame tu avalancha de sensualidad
Contagia mi alma, con tu enfermedad

Ven acá mi vida, venme a rescatar
Eres la ambulancia que me ha de salvar
Dame de tu cuerpo, una transacción
Un suero de besos con loca pasión
Con loca pasión, con loca pasión
Con loca pasión

Ese cuerpo que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma
Esos ojos que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma
Esos labios que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma
La cintura que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma

Llenas tú mi vida
De yo no se que
Eres como azúcar, para mi café
Dame de tu cuerpo, una transacción
Un suero de besos con loca pasión
Con loca pasión,Con loca pasión
Con loca pasión

Ese cuerpo que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma
Esos ojos que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma
Esos labios que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma
La cintura que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma

Ese cuerpo que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma
Esos ojos que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma
Esos labios que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma
La cintura que tú tienes me enferma
Me enferma, me enferma

Jon Secada

El Chevrolet que ya No quería Caminar

Me era más o menos frecuente encontrarme, camino a la escuela, con ese añejo y hoy en día invaluable Chevrolet Roadmaster saliendo del mercado, cargado de sacos con verduras hasta el límite de sus fuerzas. Los bultos lo rebalsaban literalmente, pues costales, bolsas y canastas se salían por las ventanas hasta invadir y colmar el techo sin misericordia. El pobre auto caminaba muy despacio y los incontables kilos de yuca, papa, camote y coliflor que llevaba a cuestas, presionaban la carrocería hacia abajo hasta hacerla rozar el suelo. Era un espectáculo curioso y conmovedor, que despertaba en mí una extraña mezcla de risa, asombro y piedad.
Más adelante, cuando aprendí las leyes de la física, descubrí por ejemplo que si sobre un cuerpo no actúa ningún otro, este permanecerá indefinidamente moviéndose en línea recta con velocidad constante. Se deduce entonces que, en caso contrario, la velocidad queda afectada y hasta podría cesar el movimiento. Entonces comprendí que lo que le ocurría al pobre Chevrolet de mi infancia, le ocurría también a los barcos y submarinos, a las naves espaciales o a las carretas tiradas por burros: el peso de su carga puede llegar en algún momento a hacerles perder velocidad e incluso a paralizarlos. 

En verdad, no es difícil imaginarlo. Cuando el peso que se arrastra supera sus fuerzas, el auto se planta sin contemplaciones, el barco y el submarino se hunden en las profundidades del mar, la nave cae a tierra y el burro se detiene, sin que nada ni nadie pueda volver a moverlo. Allí no hay transacciones que valgan, las invocaciones no funcionan, las promesas, los premios o los castigos tampoco, los ruegos menos. El movimiento simplemente se cancela y punto.

Con los años comprendí que esta sencilla sabiduría de las máquinas y los animales, muy avalada por las leyes newtonianas, no la tenemos los humanos. Acumulamos sobre las espaldas numerosas obligaciones, de respetable peso y volumen, sin preguntarle al cuerpo, a la mente o al corazón hasta dónde pueden cargar con ellas y, lo que es peor, forzándolos a mantener la misma celeridad. Y como el viejo Chevrolet, arrastramos por plazas y calles, con asombroso estoicismo y resignación, voluminosos costales repletos de deberes impostergables, esforzándonos hasta el delirio por no perder el ritmo.

En ocasiones, hacer esto se vuelve inevitable. La necesidad material o las crisis de distinto orden suelen obligar al sobre esfuerzo. Sin embargo, más allá de cualquier circunstancia, a veces convertimos la rutina y el destino de aquel Chevrolet en una (gloriosa) manera de vivir. Ocurre que no toda desmesura en la auto exigencia tiene siempre una motivación objetiva, ni tampoco –muy importante- todo esfuerzo, desesperado o sereno, torpe o sagaz, por aliviar la carga es necesariamente expresión de inconsciencia, indolencia o desamor.

Yo he actuado muchos años como el viejo Chevrolet. Y es por eso que ahora, cada vez que descargo un saco de maíz o me resisto a subir otro de azúcar, aunque sea por hoy, aunque sea hasta la esquina o hasta el próximo lunes, debo luchar contra la culpa y el bochorno o enfrentar reproches, rencores y antipatías. Contra mi antigua costumbre, cada vez que el peso de las obligaciones que cargo con entusiasmo empieza a tirarme hacia abajo y está a punto de derribarme otra vez, suelto alguna. Y asumo, no sin dolor pero con serenidad, todas las consecuencias.

¿Cuál es el límite? Es muy difícil estimarlo. Hay momentos en los que puedes jalar varias sogas al mismo tiempo sin perder el paso. Hay instantes en que apenas puedes con una. La medida no es sólo física, es también espiritual, aunque es el cuerpo generalmente el que te enciende las luces rojas. En el código del viejo Chevrolet, podría ser sólo cuestión de llantas o combustible, pero también el motor, el sistema eléctrico y hasta la resistencia de su estructura metálica, que es una el día de su estreno y otra después de recorrer miles de kilómetros. En cualquier caso, el auto detiene su marcha cuando toca fondo. Nosotros no.

Me gusta lo que hago. Me ilusiona lo que hago. Amo lo que hago. Por estas tres simples razones, quiero seguir haciéndolo por muchos años más. ¿Puedo hacer más de lo que hago? Sí, mucho más, de eso estoy seguro, pero sólo por poco tiempo. Eso no lo sabía antes, lo sé ahora. Por eso espero, confío, ruego, que cada vez que esto no se entienda ni se acepte, me tomen prestado el recuerdo de aquel Chevrolet de mi niñez, repasen la ley de la inercia y el principio fundamental de la dinámica, y apliquen estas nociones a sus propias vidas. Cada vez me convenzo más de que, al menos los de mi generación, tendríamos que aprender a vivir con una cuota menor de realizaciones y una dosis mayor de salud mental, no sólo por el propio bien sino de todo lo que más amamos.

Un Próspero Año 2011 a Tod@s

Un Feliz año nuevo para tod@s y que en el 2011 se cumplan sus metas y proyectos.

POESÍA A LA VIDA

La vida es una oportunidad, aprovéchala.
La vida es belleza, admírala.
La vida es beatitud, saboréala.
La vida es un sueño, hazlo realidad.
La vida es un reto, afróntalo.
La vida es un deber, cúmplelo.
La vida es un juego, juégalo.
La vida es preciosa, cuídala.
La vida es riqueza, consérvala.
La vida es amor, gózala.
La vida es un misterio, desvélalo.
La vida es promesa, cúmplela.
La vida es tristeza, supérala.
La vida es un himno, cántalo.
La vida es un combate, acéptalo.
La vida es una tragedia, domínala.
La vida es una aventura, disfrútala.
La vida es felicidad, merécela.
La vida es la vida, defiéndela.

Madre Teresa de Calcuta.