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Otra del Fin del Mundo…

El hombre abrió la puerta de su Departamento. Dejó colgados el abrigo y el sombrero como siempre acostumbraba hacer. Encendió el fuego de la cocina y puso agua en la tetera para tomar el té. Luego se dirigió al cuarto de baño donde se sacó la ropa y se dispuso a tomar una ducha. Se miró de soslayo en el espejo. La suciedad en forma de una infinidad de manchas negras como la noche cubrían la blanca y vieja piel de toda su humanidad.

No recordaba desde cuando seguía el mismo ritual… todos los días… incansablemente.

Abrió la llave y cuando comenzó a salir agua caliente ingresó a la pequeña tina donde tomó la esponja y el jabón y comenzó a limpiarse. Lo hacía cuidadosamente… como si no quisiera desprenderse de aquella negrura adherida a la piel, sin embargo sabía que debía hacerlo… por su bien… por el bien de todos.

Y es que esa era su misión, recorrer las calles incansablemente recogiendo y llevando sobre su piel , todos nuestros errores, desaciertos, egoismos, desamores… toda nuestra maldad para luego lavarla y darnos una nueva oportunidad, un día más de esperanza.

Cuando hubo terminado, se secó. Se vistió ropa cómoda y enfiló a la cocina donde el silbido de la tetera le anunciaba la hora del té. Se preparó una taza con un par de tostadas con mantequilla. Mientras comía no podía dejar de pensar en lo reconfortante y mágica que era esa hora. El volver a casa, el sentarse a tomar té bajo la cálida luz de la lámpara sobre la mesa. Sin embargo el té ya no sabía tan dulce y las tostadas no eran tan crujientes como antes. Una lágrima quiso asomarse por su ojo verdadero pero la contuvo, como siempre hizo.

Salió a la terraza de su departamento. Encendió un cigarrillo. El mundo allá abajo se movía despreocupado, acelerado, egoista, impersonal.

-Creo que ya has crecido- le musitó al mundo -Quiero descansar…

Apagó el cigarro… y voló.
Y el Mundo lloró pues por primera vez se sintió solo.

 
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¿Vale la Pena Vivir la Vida?

“Si se pudiera proteger a los acantilados de las tormentas, nunca podría admirarse la belleza de sus quebradas”

Elizabet Kübler

Muchas veces hemos sentido que la vida no vale la pena vivirla. En un caso extremo, escuché en la radio a una mujer que decía: “No quiero tener hijos, porque solo se viene a este mundo a sufrir. Y quiero ahorrarles ese sufrimiento”.

Pero… ¿Realmente la vida es así? ¿O nosotros la hacemos así?

Lo que realmente te hace sufrir, no es la vida en sí… son tus expectativas respecto a cómo debería ser el mundo o cómo debería actuar tal persona.

Por ejemplo, cuando te enojas con tu pareja porque no llegó a tiempo o no te expresa su amor como a ti te gustaría que lo hiciera.

Entonces, lo que te daña no es tu pareja… son tus pensamientos y emociones con respecto a como debería actuar tu pareja, de acuerdo a la etiqueta del hombre o mujer perfecto que tienes.

Si sufres porque la vida es cruel… es porque tienes un concepto equivocado de lo que realmente es. Crees que en la vida todo debería ser felicidad.

Imagínate que piensas que un bosque debe ser con puras rosas, ríos limpios, venados corriendo, un sol reluciente y una suave lluvia.

Pero cuando vas a uno ¡Oh sorpresa! También hay insectos, serpientes… y la lluvia ¡es un diluvio!

Imagínate sufriendo porque lo encontraste así y diciéndote “No vale la pena estar en un bosque, es horrible: serpientes, bichos ¡que horror!” ¿No tiene sentido verdad?

En el fondo sabes que así es un bosque. No como tú pensabas que era. Lo que puedes hacer, es estar alerta contra las serpientes. También, cubrirte para que la lluvia no te moje.

Y disfrutar las rosas que veas y los venados.

Simplemente aceptas la naturaleza como es y no te lamentas. Te adaptas a ella.

En la vida, es igual. Cuando la vemos como un paquete completo, en el que hay amor, muerte, instantes imborrables y fracasos dolorosos, la aceptas como es.

A partir de esa aceptación, puedes adaptarte a ella. Pregúntate que capacidad dormida en ti, necesita salir a flote cuando te enfrentes a un nuevo desafío.

Por ejemplo, yo de niño no sabía bailar salsa. La necesidad de gustarle a las niñas me hizo aprender ¡Ahora he llegado hasta dar clases de baile!

Me daba miedo hablar en público. Era muy tímido. La necesidad y las circunstancias me obligaron ha hablar en público ¡Ahora soy conferencista! Imagínate cuantas capacidades dormidas en mí, se han despertado por la necesidad.

Siempre pregúntate ¿Qué capacidades dormidas en mi tienen que salir a flote con este desafío?

El dolor y las derrotas son una gran oportunidad para replantearnos como estamos viviendo la vida. Te confieso que acostumbro caminar cerca de los bosques, lejos de la gente, cuando las tormentas de la vida hacen que se me pongan las cosas difíciles.

Anclarme dentro del ruido cotidiano cerca de la naturaleza, dándome un breve espacio para reflexionar acerca de mis desafíos actuales y replantearme nuevas metas, ha sido invaluable para mi.

Si no, ya me habría vuelto loco.

Te recomiendo que hagas lo mismo. Busca un espacio diario de reflexión.

Todos somos producto de nuestras reacciones ante los retos. Somos hermosas quebradas hechas por las tormentas de la vida.

“Un guerrero acepta su suerte, sea cual sea, y la acepta con total humildad. Se acepta a sí mismo con humildad, tal como es; no como base para lamentarse, sino como un desafío vital”

Juan Castaneda

Tus circunstancias acéptalas como son, y pregúntate “¿Qué puedo hacer al respecto?” Te sorprenderá como a mí lo sencillo que es solucionar un problema, una vez que dejes de pensar en el y te enfoques en resolverlo.

Generalmente, las mejores oportunidades de nuestra vida, vienen disfrazadas de problemas.

No importa cuales sean estos. Siempre existe una solución.

Así que ¡ha disfrutar la vida se ha dicho!

Suerte

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Por qué Celebro la Navidad

En la mitología griega, Apolo, hijo de Zeus, dios de la luz, fue desterrado del Olimpo y convertido en mortal como castigo por su rebeldía. Heracles, también hijo de Zeus y de una reina mortal, es convertido de hombre en dios hacia el final de sus días en mérito a sus hazañas. Al dios Prometeo, por haber osado devolver el fuego a los hombres desafiando a Zeus, no se le castiga con la pérdida de la inmortalidad, pero se le encadena a una roca para que su hígado sea devorado ritualmente cada día por una enorme águila y experimente así el dolor de la muerte por toda la eternidad. Es así que la relación entre lo divino y lo humano pareciera ser la historia de la relación entre la gracia y la condenación.
Curiosamente, la navidad cristiana celebra más bien la insólita decisión de un dios de hacerse mortal voluntariamente en nombre del amor. Más aún, la decisión de convertirse en un hombre pobre, en el seno de una familia humilde, de una ciudad marginal, y de un pueblo sometido y despreciado por Roma.
Lo que se registra de la trayectoria de Jesús como personaje histórico da cuenta, en efecto, de alguien de origen muy humilde que gozaba de una enorme ascendencia entre su gente, y que no buscó nunca ser aceptado por la aristocracia de su tiempo ni, mucho menos, congraciarse con el poder. Por el contrario, fue alguien que buscó compenetrarse con los segmentos más excluidos de su propio pueblo. Se esforzó además en demostrar que la virtud y la grandeza estaban asociadas a la sencillez y la apertura a los demás, y que la pobreza era un estado material escandaloso pero no un estigma moral ni una degradación del espíritu.
En otras palabras, la trayectoria de Jesús confirma el sentido del gesto original, el de la radical humanización de un dios todo poderoso: compasión, solidaridad, apertura, disponibilidad, entrega y compromiso generoso con la necesidad del otro, en particular del más débil, del que se encuentra en situación de mayor fragilidad.
La navidad en su dimensión más festiva no debiera celebrar otra cosa más que esto. No el nacimiento de un niño dios sino la transformación de un dios en niño, es decir, en un ser humano en su estado más vulnerable, en medio del olor de las vacas por añadidura, despojado de todo privilegio. Si celebramos y, sobre todo, si adherimos al testimonio de semejante desprendimiento en nombre del amor, poco importa si la escenografía de la fiesta navideña está compuesta por símbolos andinos u occidentales o si las circunstancias personales que rodean a esta fecha no son eventualmente las más afortunadas.
Se ha discutido siempre, además, la distorsión mercantil que ha hecho de la navidad la sociedad de consumo, pero valgan verdades, la ausencia de regalos al pie del árbol no es mejor que su abundancia, si acaso no perdemos de vista dónde exactamente es que necesita estar depositada la razón de nuestra esperanza y cuál es el compromiso de vida que necesitaríamos evaluar y ratificar cada diciembre. O, simplemente, comprender y valorar desde posturas legítimamente más agnósticas.
«Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año» dijo Charles Dickens alguna vez. Quizás se refería, justamente, a esta necesidad de comprender que la fiesta conmemorativa o la alegría de estar juntos no son motivo suficiente para hacer de la navidad una genuina celebración del amor. Es decir, del amor comprometido, que implica el descubrimiento y la aceptación del otro, más allá de las fronteras del propio interés o conveniencia personal.
Algo nada fácil para quienes se han acostumbrado a asociar la noción de dios a una entelequia invisible y abstracta a la que se le puede rendir culto con comodidad y sin mirar a nadie. Yo celebro la solidaridad y también la esperanza de llegar a ser alguna vez un país cuyos habitantes se distingan por su apertura genuina y permanente al derecho y a las necesidades de los demás.

Instrucciones para Subir una Escalera

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situá un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de transladar de una planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

Julio Cortázar

Ser Maestro en Tiempos Modernos

En el Día del Maestro:

Decálogo del “buen” profesor

Por: Wilfredo Pérez  Ruiz (*)

Habitualmente, escuchamos calificativos generosos, elocuentes y emotivos sobre la importancia del quehacer docente. Son muchos los discursos y anuncios, en su “reconocimiento” por el “Día del Maestro” (6 de julio). Me permito recomendarle, mi estimado colega, seguir los siguientes pasos de manera minuciosa sino desea frustrar su estabilidad laboral.

Primero, cuando asista a reuniones de profesores no cometa la “imprudencia” de decir lo que piensa haciendo empleo de su inútil honestidad intelectual. Si interviene elogie a los directivos y exprese conformidad y complacencia con la marcha de la corporación. No efectúe cuestionamientos, observaciones o críticas; será considerado un disidente. Tampoco espere que sus colegas lo secunden en sus puntos de vista, aun cuando estén de acuerdo. No olvide que en nuestra patria se mantiene vigente “el pacto infame de hablar a media voz”, como decía el maestro Manuel González Prada.

Segundo, si se retrasan en el pago de sus remuneraciones (algo común en las empresas educativas), no se sorprenda. Siempre hay “inconvenientes” para cancelar sus honorarios. Sin embargo, los dueños salen de vacaciones al extranjero, renuevan sus automóviles todos los años, entre otros lujos que evidencia que la crisis solo afecta al profesor que llega a trabajar en combi. No olvide que usted es un proveedor.

Tercero, no sea demasiado severo en la disciplina. Por su culpa se quejará el alumnado y lo llamarán para decirle que los “comprenda”. Deles permiso para salir del aula, comer, masticar chicle, hablar por el celular y hacer cuanta actividad quieran mientras desarrolla su clase. De lo contrario, se vengarán al resolver la encuesta para evaluarlo y sus resultados serán empleados según la conveniencia del centro de estudios.

Cuarto, no pretenda hacer pensar a sus discípulos, dirán que es muy exigente. Si entrega sus capacidades, habilidades, energías y buena voluntad con el afán de mejorar su adiestramiento, contribuirá a la deserción educativa y, consecuentemente, a disminuir los ingresos económicos. Cuidado con desaprobar muchos alumnos, será considerado un desestabilizador de las finanzas. En una entidad de “formación bancaria” donde trabajé (por decencia renuncié el año anterior) uno de sus funcionarios me digo: “Usted no se da cuenta que gracias a los alumnos llevamos nuestros frejoles a casa”. Sin duda, una “verdad” enciclopédica.

Quinto, no hable de ningún tema que permita al educando tener un conocimiento agudo de la realidad nacional. Puede ser calificado de “comunista”, “anti sistema”, “sindicalistas”, etc. Dicte su clase, resuelva consultas solo académicas, entregue sus notas y cobre a fin de mes. Si puede hágase el sordo, ciego y mudo y verá que bien le va. Esto último es un requisito para no ganarse conflictos y no salir del tercermundismo moral en el Perú.

Sexto, tenga mucho cuidado con lo que piensa, dice y sugiere. Sepa que: “Cualquier cosa que diga puede ser usado en su contra”. Aprenda a adaptarse o no volverán a contar con sus servicios. No se sorprenda de ser el caso que usen su separata, syllabus, exámenes y todos sus materiales elaborados gracias a su ejercicio neuronal, de manera gratuita. La piratería intelectual es una práctica cotidiana y no hay derecho a reclamo. No sea ingenuo, negocios son negocios.

Séptimo, no espere “coherencia” en este oficio. Siempre dirán que el alumno es lo más importante, que se preocupan por su “formación integral” y que usted hace bien su trabajo. No se sorprenda que al concluir el ciclo de estudios no sea programado y su curso se lo den a un recomendado. “Es política de la institución reservarse el derecho de prescindir del docente cuando se requiera”, explicarán. Así de “objetiva” es la evaluación de su desempeño. Hasta aquí con el decálogo.

De mi parte, algunas idealistas y antojadizas reflexiones. El desenvolvimiento de la pedagogía demanda, esencialmente, estándares morales que sean observados por el alumno como un referente que inspire fe, ilusión y credibilidad para su porvenir. Nuestra tarea no consiste en transmitir conocimientos, cifras y datos: nuestra misión es constituirnos en un ejemplo personal y demostrarles, con la consecuencia de nuestra conducta, que la vida es mucho más que un título académico y un número acumulado de horas de prácticas. Esa es la razón que debe inspirar a dedicarnos a esta noble misión. ¿Algún día será entendido así?

La formación de los alumnos debe incluir, igualmente, el ejercicio del pensamiento, la actitud crítica y el cuestionamiento reflexivo. Todo ello, facilitará formar una sociedad de profesionales libres y capaces de defender sus derechos y de levantar su voz valiente de protesta ante la injusticia y el abuso. Ese es un objetivo central de la enseñanza en una sociedad sumisa, invertebrada e insolidaria como la nuestra. No solamente hay que darles información sino elementos indispensables para abrir sus ojos ante el engaño, la arbitrariedad y las vicisitudes del mañana.

Los profesores tenemos vocación para educar, formar, transmitir conocimiento y dar una enseñanza de vida. Es una tarea incomprendida, pero la vida es un horizonte de dificultades y un manantial de nuevas posibilidades, una oportunidad para brindar una lección de decencia, una lección insólita y necesaria que se otorga en el aula y no desde una oficina burocrática. Mi homenaje sincero y cálido al maestro que hace de su actuación, a pesar del “sistema”, un apostolado diáfano, honesto y esperanzador.

(*) Docente, conservacionista, consultor,  miembro del Instituto Vida y ex presidente del Patronato del Parque de Las Leyendas – Felipe Benavides Barreda. http://wperezruiz.blogspot.com/

Manual para Ser Niño

Gabriel García Márquez

Aspiro a que estas reflexiones sean un manual para que los niños se atrevan a defenderse de los adultos en el aprendizaje de las artes y las letras. No tienen una base científica sino emocional o sentimental, si se quiere, y se fundan en una premisa improbable: si a un niño se le pone frente a una serie de juguetes diversos, terminará por quedarse con uno que le guste más. Creo que esa preferencia no es casual, sino que revela en el niño una vocación y una aptitud que tal vez pasarían inadvertidas para sus padres despistados y sus fatigados maestros.Creo que ambas le vienen de nacimiento, y sería importante identificarlas a tiempo y tomarlas en cuenta para ayudarlo a elegir su profesión. Más aun: creo que algunos niños a una cierta edad, y en ciertas condiciones, tienen facultades congénitas que les permiten ver más alla de la realidad admitida por los adultos. Podrían ser residuos de algún poder adivinatorio que el género humano agotó en etapas anteriores, o manifestaciones extraordinarias de la intuición casi clarividente de los artistas durante la soledad del crecimiento, y que desaparecen, como la glándula del timo, cuando ya no son necesarias.

Creo que se nace escritor, pintor o músico. Se nace con la vocación y en muchos casos con las condiciones físicas para la danza y el teatro, y con un talento propicio para el periodismo escrito, entendido como un género literario, y para el cine, entendido como una síntesis de la ficción y la plástica. En ese sentido soy un platónico: aprender es recordar. Esto quiere decir que cuando un niño llega a la escuela primaria puede ir ya predispuesto por la naturaleza para alguno de esos oficios, aunque todavía no lo sepa. Y tal vez no lo sepa nunca, pero su destino puede ser mejor si alguien lo ayuda a descubrirlo. No para forzarlo en ningún sentido, sino para crearle condiciones favorables y alentarlo a gozar sin temores de su juguete preferido. Creo, con una seriedad absoluta, que hacer siempre lo que a uno le gusta, y sólo eso, es la formula magistral para una vida larga y feliz.

Para sustentar esa alegre suposición no tengo más fundamento que la experiencia difícil y empecinada de haber aprendido el oficio de escritor contra un medio adverso, y no sólo al margen de la educación formal sino contra ella, pero a partir de dos condiciones sin alternativas: una aptitud bien definida y una vocación arrasadora. Nada me complacería más si esa aventura solitaria pudiera tener alguna utilidad no sólo para el aprendizaje de este oficio de las letras, sino para el de todos los oficios de las artes.

La vocación sin don y el don sin vocación

Georges Bernanos, escritor católico francés, dijo: “Toda vocación es un llamado”. El Diccionario de Autoridades, que fue el primero de la Real Academia en 1726, la definió como “la inspiración con que Dios llama a algún estado de perfección”. Era, desde luego, una generalización a partir de las vocaciones religiosas. La aptitud, según el mismo diccionario, es “la habilidad y facilidad y modo para hacer alguna cosa”. Dos siglos y medio después, el Diccionario de la Real Academia conserva estas definiciones con retoques mínimos. Lo que no dice es que una vocación inequívoca y asumida a fondo llega a ser insaciable y eterna, y resistente a toda fuerza contraria: la única disposición del espíritu capaz de derrotar al amor.

Las aptitudes vienen a menudo acompañadas de sus atributos físicos. Si se les canta la misma nota musical a varios niños, unos la repetirán exacta, otros no. Los maestros de música dicen que los primeros tienen lo que se llama el oído primario, importante para ser músicos. Antonio Sarasate, a los cuatro años, dio con su violín de juguete una nota que su padre, gran virtuoso, no lograba dar con el suyo. Siempre existirá el riesgo, sin embargo, de que los adultos destruyan tales virtudes porque no les parecen primordiales, y terminen por encasillar a sus hijos en la realidad amurallada en que los padres los encasillaron a ellos. El rigor de muchos padres con los hijos artistas suele ser el mismo con que tratan a los hijos homosexuales.

Las aptitudes y las vocaciones no siempre vienen juntas. De ahí el desastre de cantantes de voces sublimes que no llegan a ninguna parte por falta de juicio, o de pintores que sacrifican toda una vida a una profesión errada, o de escritores prolíficos que no tienen nada que decir. Sólo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda, pero no por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estudio, la técnica y un poder de superación para toda la vida.

Para los narradores hay una prueba que no falla. Si se le pide a un grupo de personas de cualquier edad que cuenten una película, los resultados serán reveladores. Unos darán sus impresiones emocionales, políticas o filosóficas, pero no sabrán contar la historia completa y en orden. Otros contaran el argumento, tan detallado como recuerden, con la seguridad de que será suficiente para transmitir la emoción del original. Los primeros podrán tener un porvenir brillante en cualquier materia, divina o humana, pero no serán narradores. A los segundos les falta todavía mucho para serlo -base cultural, técnica, estilo propio, rigor mental- pero pueden llegar a serlo. Es decir: hay quienes saben contar un cuento desde que empiezan a hablar, y hay quienes no sabrán nunca. En los niños es una prueba que merece tomarse en serio.

Las ventajas de no obedecer a los padres

La encuesta adelantada para estas reflexiones ha demostrado que en Colombia no existen sistemas establecidos de captación precoz de aptitudes y vocaciones tempranas, como punto de partida para una carrera artística desde la cuna hasta la tumba. Los padres no están preparados para la grave responsabilidad de identificarlas a tiempo, y en cambio sí lo están para contrariarlas. Los menos drásticos les proponen a los hijos estudiar una carrera segura, y conservar el arte para entretenerse en las horas libres. Por fortuna para la humanidad, los niños les hacen poco caso a los padres en materia grave, y menos en lo que tiene que ver con el futuro.

Por eso los que tienen vocaciones escondidas asumen actitudes engañosas para salirse con la suya. Hay los que no rinden en la escuela porque no les gusta lo que estudian, y sin embargo podrían descollar en lo que les gusta si alguien los ayudara. Pero también puede darse que obtengan buenas calificaciones, no porque les guste la escuela, sino para que sus padres y sus maestros no los obliguen a abandonar el juguete favorito que llevan escondido en el corazón. También es cierto el drama de los que tienen que sentarse en el piano durante los recreos, sin aptitudes ni vocación, sólo por imposición de sus padres. Un buen maestro de música, escandalizado con la impiedad del método, dijo que el piano hay que tenerlo en la casa, pero no para que los niños lo estudien a la fuerza, sino para que jueguen con él.

Los padres quisiéramos siempre que nuestros hijos fueran mejores que nosotros, aunque no siempre sabemos cómo. Ni los hijos de familias de artistas están a salvo de esa incertidumbre. En unos casos, porque los padres quieren que sean artistas como ellos, y los niños tienen una vocación distinta. En otros, porque a los padres les fue mal en las artes, y quieren preservar de una suerte igual aun a los hijos cuya vocación indudable son las artes. No es menor el riesgo de los niños de familias ajenas a las artes, cuyos padres quisieran empezar una estirpe que sea lo que ellos no pudieron. En el extremo opuesto no faltan los niños contrariados que aprenden el instrumento a escondidas, y cuando los padres los descubren ya son estrellas de una orquesta de autodidactas.

Maestros y alumnos concuerdan contra los métodos académicos, pero no tienen un criterio común sobre cuál puede ser mejor. La mayoría rechazaron los métodos vigentes, por su carácter rígido y su escasa atención a la creatividad, y prefieren ser empíricos e independientes. Otros consideran que su destino no dependió tanto de lo que aprendieron en la escuela como de la astucia y la tozudez con que burlaron los obstáculos de padres y maestros. En general, la lucha por la supervivencia y la falta de estímulos han forzado a la mayoría a hacerse solos y a la brava.

Los criterios sobre la disciplina son divergentes. Unos no admiten sino la completa libertad, y otros tratan incluso de sacralizar el empirismo absoluto. Quienes hablan de la no disciplina reconocen su utilidad, pero piensan que nace espontánea como fruto de una necesidad interna, y por tanto no hay que forzarla. Otros echan de menos la formación humanística y los fundamentos teóricos de su arte. Otros dicen que sobra la teoría. La mayoría, al cabo de años de esfuerzos, se sublevan contra el desprestigio y las penurias de los artistas en una sociedad que niega el carácter profesional de las artes.

No obstante, las voces más duras de la encuesta fueron contra la escuela, como un espacio donde la pobreza de espíritu corta las alas, y es un escollo para aprender cualquier cosa. Y en especial para las artes. Piensan que ha habido un despilfarro de talentos por la repetición infinita y sin alteraciones de los dogmas académicos, mientras que los mejor dotados sólo pudieron ser grandes y creadores cuando no tuvieron que volver a las aulas. “Se educa de espaldas al arte”, han dicho al unísono maestros y alumnos. A éstos les complace sentir que se hicieron solos. Los maestros lo resienten, pero admiten que también ellos lo dirían. Tal vez lo más justo sea decir que todos tienen razón. Pues tanto los maestros como los alumnos, y en última instancia la sociedad entera, son víctimas de un sistema de enseñanza que está muy lejos de la realidad del país.

De modo que antes de pensar en la enseñanza artística, hay que definir lo más pronto posible una política cultural que no hemos tenido nunca. Que obedezca a una concepción moderna de lo que es la cultura, para qué sirve, cuánto cuesta, para quién es, y que se tome en cuenta que la educación artística no es un fin en sí misma, sino un medio para la preservación y fomento de las culturas regionales, cuya circulación natural es de la periferia hacia el centro y de abajo hacia arriba.

No es lo mismo la enseñanza artística que la educación artística. Ésta es una función social, y así como se enseñan las matemáticas o las ciencias, debe enseñarse desde la escuela primaria el aprecio y el goce de las artes y las letras. La enseñanza artística, en cambio, es una carrera especializada para estudiantes con aptitudes y vocaciones específicas, cuyo objetivo es formar artistas y maestros como profesionales del arte.

No hay que esperar a que las vocaciones lleguen: hay que salir a buscarlas. Están en todas partes, más puras cuanto más olvidadas. Son ellas las que sustentan la vida eterna de la música callejera, la pintura primitiva de brocha y sapolín en los palacios municipales, la poesía en carne viva de las cantinas, el torrente incontenible de la cultura popular que es el padre y la madre de todas las artes.

¿Con qué se comen las letras?

Los colombianos, desde siempre, nos hemos visto como un país de letrados. Tal vez a eso se deba que los programas del bachillerato hagan más énfasis en la literatura que en las otras artes. Pero aparte de la memorización cronológica de autores y de obras, a los alumnos no les cultivan el hábito de la lectura, sino que los obligan a leer y a hacer sinopsis escritas de los libros programados. Por todas partes me encuentro con profesionales escaldados por los libros que les obligaron a leer en el colegio con el mismo placer con que se tomaban el aceite de ricino. Para las sinopsis, por desgracia, no tuvieron problemas, porque en los periódicos encontraron anuncios como éste: “Cambio sinopsis de El Quijote por sinopsis de La Odisea”. Así es: en Colombia hay un mercado tan próspero y un tráfico tan intenso de resúmenes fotostáticos, que los escritores armamos mejor negocio no escribiendo los libros originales sino escribiendo de una vez las sinopsis para bachilleres. Es este método de enseñanza -y no tanto la televisión y los malos libros-, lo que está acabando con el hábito de la lectura. Estoy de acuerdo en que un buen curso de literatura sólo puede ser una gema para lectores. Pero es imposible que los niños lean una novela, escriban la sinopsis y preparen una exposición reflexiva para el martes siguiente. Sería ideal que un niño dedicara parte de su fin de semana a leer un libro hasta donde pueda y hasta donde le guste -que es la única condición para leer un libro-, pero es criminal, para él mismo y para el libro, que lo lea a la fuerza en sus horas de juego y con la angustia de las otras tareas.

Haría falta -como falta todavía para todas las artes- una franja especial en el bachillerato con clases de literatura que sólo pretendan ser guías inteligentes de lectura y reflexión para formar buenos lectores. Porque formar escritores es otro cantar. Nadie enseña a escribir, salvo los buenos libros, leídos con la aptitud y la vocación alertas. La experiencia de trabajo es lo poco que un escritor consagrado puede transmitir a los aprendices si éstos tienen todavía un mínimo de humildad para creer que alguien puede saber más que ellos. Para eso no haría falta una universidad, sino talleres prácticos y participativos, donde escritores artesanos discutan con los alumnos la carpintería del oficio: cómo se les ocurrieron sus argumentos, cómo imaginaron sus personajes, cómo resolvieron sus problemas técnicos de estructura, de estilo, de tono, que es lo único concreto que a veces puede sacarse en limpio del gran misterio de la creación. El mismo sistema de talleres está ya probado para algunos géneros del periodismo, el cine y la televisión, y en particular para reportajes y guiones. Y sin exámenes ni diplomas ni nada. Que la vida decida quién sirve y quién no sirve, como de todos modos ocurre.

Lo que debe plantearse para Colombia, sin embargo, no es sólo un cambio de forma y de fondo en las escuelas de arte, sino que la educación artística se imparta dentro de un sistema autónomo, que dependa de un organismo propio de la cultura y no del Ministerio de la Educación. Que no esté centralizado, sino al contrario, que sea el coordinador del desarrollo cultural desde las distintas regiones del país, pues cada una de ellas tiene su personalidad cultural, su historia, sus tradiciones, su lenguaje, sus expresiones artísticas propias. Que empiece por educarnos a padres y maestros en la apreciación precoz de las inclinaciones de los niños, y los prepare para una escuela que preserve su curiosidad y su creatividad naturales. Todo esto, desde luego, sin muchas ilusiones. De todos modos, por arte de las artes, los que han de ser ya lo son. Aun si no lo sabrán nunca.

Tomado del Tomo 2 de la colección “Documentos de la Misión, Ciencia, Educación y Desarrollo: Educación para el Desarrollo”. Presidencia de la República – Consejería para el Desarrollo Institucional  Colciencias Santafé de Bogotá D.C., 1995
Cuidado con el Perro

La Oración del Labriego

La capacidad creativa del bardo criollo Felipe Pinglo asombraba a todos. Nuestro gran compositor podía crear canciones maravillosas, al instante, con sólo tener algún tema sobre el cual escribir. De esa manera nacieron los valses “El canillita”, “Melodías del corazón”, “Mendicidad”, “Tu nombre y el mío”, “La oración del labriego” y otros más, que Pinglo los escribió en presencia de amistades, las cuales fueron testigos del nacimiento de una obra más de nuestro magnífico bardo inmortal.

No se ha podido comprobar si Pinglo tuvo alguna afiliación política. Sin embargo, es muy claro que él sentía y vivía los problemas sociales de su época, como lo demuestra en algunas de sus composiciones. Una persona a la cual le preocupaba no sólo sacar adelante la canción criolla, sino también el progreso nacional, como lo mencionó en su carta a Víctor Echegaray en junio de 1931, no podía estar ausente de los problemas sociales que ocurrían a su alrededor, de ninguna manera.

Felipe Pinglo se sintió influenciado por los intelectuales de su época, como es el caso de José Carlos Mariátegui y Leonidas Yerovi. A Yerovi lo admiraba tanto que hasta le dedicó una de sus composiciones y, según el cronista Gonzalo Toledo, a Mariátegui lo solía visitar en la calle Sequión de los Barrios Altos, llamada también calle del Acequión, actual calle Huari, en el No. 271. Allí Pinglo le mostró algunas de sus composiciones, pero no se sabe nada más sobre la relación entre ellos; aunque recuerdo haber leído que Mariátegui no prestaba mucha atención a lo que Pinglo le enseñaba. Tal vez porque pensaba que ésa no era la manera de llegar al pueblo y sus problemas.

A mi parecer, las composiciones que Pinglo le enseñó a Mariátegui fueron las de amor, por ello Mariátegui no le prestaba mucha atención. Esto lo sostengo en base a que Mariátegui falleció el 16 de abril de 1930 y durante la década de los 20 Pinglo no componía todavía sus canciones de contenido social. Fue en sus últimos años de vida, los años 30 del siglo pasado, en que Pinglo empezó a crear canciones de contenido social, después de la muerte de Mariátegui. Si tan sólo José Carlos Mariátegui hubiese vivido unos años más, para poder apreciar “El Plebeyo”, “Pobre obrerita”, “El canillita”, “Mendicidad” y “La oración del labriego”, tal vez él mismo se hubiese acercado, esta vez, al Maestro.

Por aquellos años 30, Lima estaba llena de huertas y chacras, especialmente en sus afueras. Mucha gente se dedicaba a trabajar la tierra, madrugando para ello, dependiendo del clima para que sus frutos florezcan. Cuando Pinglo observa este trabajo, decide plasmar en versos la labor de la gente que trabaja la tierra y la esperanza que abrigan, o fe, en que el clima los ayudará con sus sembríos.

Carmen Pinglo, hija de Felipe Pinglo, le contaría a Ricardo Miranda Tarrillo como fue que nació el hermoso vals “La oración del labriego”, que Pinglo creara ante la presencia de muchas personas, incluyendo su familia, unos días después de que creara su vals “Mendicidad”.

La noche del 21 de agosto de 1934, Felipe Pinglo acompañado de su esposa, cuñados y amistades se dirigieron a la Hacienda Mendoza en Monterrico para brindarle una serenata a su comadre María Rosa Martínez de Tirado, esposa de Antonio Tirado, caporal de dicha hacienda. El cumpleaños de María Rosa era el día 22 de agosto, así que luego de la serenata, y posterior brindis, se procedió a festejar el onomástico con música, que entonaban los criollos que acompañaron a Pinglo, comida y trago que habían llevado; porque antes se acostumbraba llegar a una casa con todo preparado con el afán de no poner en compromisos a los dueños de casa.

Eran las primeras horas de la madrugada del día 22 de agosto de 1934 y Pinglo decide salir de la casa, quizás, a tomar un poco de aire fresco y descansar un poco de la bulla que toda reunión siempre causa. Se pone a caminar alejándose de la casa, deteniéndose en una tapia desde donde se pone a observar a los campesinos que desde temprano ya están trabajando la tierra, abriendo surcos en ella y esparciendo las semillas que después brindarán los frutos deseados.

Aquella escena conmueve a nuestro bardo por lo que saca su lápiz y papel, que solía cargar, y se pone a escribir los versos de una nueva canción, mientras seguía contemplando el trabajo de los labriegos. Cuando el sol está ya del todo alumbrando en el cielo, Pinglo tiene terminada la letra de un vals que muy pronto empezaría a sonar en todos los ambientes musicales, “La oración del labriego”.

El grupo “Mercedarias”, que estrenó con Pinglo su vals “Mendicidad”, sería quien primero empezaría a divulgar la hermosa creación de nuestro bardo criollo, que rápidamente empezó a circular por la ciudad capital. La tradicional Fiesta de Amancaes fue también uno de los escenarios donde se entonaría el vals de Pinglo “La oración del labriego”, cuando el Conjunto Criollo de Canto y Guitarra lo ejecutó allí el 24 de junio de 1938.

El cine y el teatro fueron asimismo escenarios de algunas de las composiciones de Felipe Pinglo. El lunes 12 de mayo de 1941 se presentó en el teatro Metropolitan la revista musical “Melodías de Pinglo”, con libretos y escenografía de Aurelio Collantes y Augusto Naranjo. Se escenificó “La oración del labriego”, “Bouquet”, “El Plebeyo” y “Mendicidad”.

Ese mismo año, 1941, el cancionero “Alta Voz” señalaba que “La oración del labriego” era uno de los temas preferidos del repertorio de Jesús Vásquez, quien lo interpretaba en la radio y, años después, lo llevó al disco…

En la edición No. 1563 de “El Cancionero de Lima”, de abril de 1945, se publica la letra de “La oración del labriego” mencionándose que fue grabado en Argentina por “Los Trovadores del Perú”. Jorge Huirse los acompañó en dicha grabación, en el piano con Miguel Paz, para el sello Odeón.

La Orquesta de Miguel Caló, que tenía ya en su repertorio las composiciones peruanas “El Plebeyo”, “Me duele el corazón” y “Todos Vuelven”, también incluyó “La oración del labriego” que fue todo un éxito en tierras argentinas.

En La Crónica del 31 de mayo de 1945, Juan Rasilla Moreno contó de que Andrés Segovia, el gran guitarrista de fama mundial, dijo en una oportunidad de que era imposible que una persona que no leyera música a primera vista, hubiera podido componer tan linda pieza; refiriéndose a Pinglo y “La oración del labriego”.

A inicios de los 60, “El Cumpa” Jorge Donayre Belaúnde llevó a la televisión la representación de algunos de los valses de Pinglo. Se escenificaron los valses “La oración del labriego”, “De vuelta al barrio”, “El espejo de mi vida”, “El huerto de mi amada” y “El Plebeyo”. En la actualidad, “La oración del labriego” sigue entonándose y causando admiración por su hermosa letra y música, habiéndose convertido en uno de los valses inmortales del cancionero criollo peruano.

La Oración del Labriego
(Vals Peruano)
Felipe Pinglo
Es ya de madrugada, el labriego despierta,
al entreabrir sus ojos la luz del alba ve;
entonces presuroso, saliendo de su lecho
musita esta plegaria lleno de amor y fe:”Señor,
Tú que has creado las aguas de los ríos
y a los prados permites el verdor que se ve,
no niegues al labriego el divino rocío
que con cada caída alegra nuestro ser.
La campiña que luce hermosos atributos,
por ti florece siempre, cual ameno vergel;
pero si Tú nos niegas agua, sol y rocío,
morirán los labriegos de inanición y sed”.
Después de la jornada, la lampa sobre el hombro,
al ponerse la tarde retorna el labrador
y mientras tranquea de vuelta a la cabaña,
cantando el pensamiento modula esta canción:

“La ansiada primavera que exalta los amores
te debe la pureza de todo su arrebol
y el concierto admirable de pájaros y flores
por obra de tu gracia ostenta su primor”.

En medio de este encanto que alegra corazones
el labriego es el guarda de tan rico joyel,
como guardián te pido que con tu omnipotencia
multipliques los frutos que cosechar podré.

(Versión publicada en “El Cancionero de Lima” No. 1141)

Por: Dario Mejia
Melbourne, Australia