Por qué Celebro la Navidad

En la mitología griega, Apolo, hijo de Zeus, dios de la luz, fue desterrado del Olimpo y convertido en mortal como castigo por su rebeldía. Heracles, también hijo de Zeus y de una reina mortal, es convertido de hombre en dios hacia el final de sus días en mérito a sus hazañas. Al dios Prometeo, por haber osado devolver el fuego a los hombres desafiando a Zeus, no se le castiga con la pérdida de la inmortalidad, pero se le encadena a una roca para que su hígado sea devorado ritualmente cada día por una enorme águila y experimente así el dolor de la muerte por toda la eternidad. Es así que la relación entre lo divino y lo humano pareciera ser la historia de la relación entre la gracia y la condenación.
Curiosamente, la navidad cristiana celebra más bien la insólita decisión de un dios de hacerse mortal voluntariamente en nombre del amor. Más aún, la decisión de convertirse en un hombre pobre, en el seno de una familia humilde, de una ciudad marginal, y de un pueblo sometido y despreciado por Roma.
Lo que se registra de la trayectoria de Jesús como personaje histórico da cuenta, en efecto, de alguien de origen muy humilde que gozaba de una enorme ascendencia entre su gente, y que no buscó nunca ser aceptado por la aristocracia de su tiempo ni, mucho menos, congraciarse con el poder. Por el contrario, fue alguien que buscó compenetrarse con los segmentos más excluidos de su propio pueblo. Se esforzó además en demostrar que la virtud y la grandeza estaban asociadas a la sencillez y la apertura a los demás, y que la pobreza era un estado material escandaloso pero no un estigma moral ni una degradación del espíritu.
En otras palabras, la trayectoria de Jesús confirma el sentido del gesto original, el de la radical humanización de un dios todo poderoso: compasión, solidaridad, apertura, disponibilidad, entrega y compromiso generoso con la necesidad del otro, en particular del más débil, del que se encuentra en situación de mayor fragilidad.
La navidad en su dimensión más festiva no debiera celebrar otra cosa más que esto. No el nacimiento de un niño dios sino la transformación de un dios en niño, es decir, en un ser humano en su estado más vulnerable, en medio del olor de las vacas por añadidura, despojado de todo privilegio. Si celebramos y, sobre todo, si adherimos al testimonio de semejante desprendimiento en nombre del amor, poco importa si la escenografía de la fiesta navideña está compuesta por símbolos andinos u occidentales o si las circunstancias personales que rodean a esta fecha no son eventualmente las más afortunadas.
Se ha discutido siempre, además, la distorsión mercantil que ha hecho de la navidad la sociedad de consumo, pero valgan verdades, la ausencia de regalos al pie del árbol no es mejor que su abundancia, si acaso no perdemos de vista dónde exactamente es que necesita estar depositada la razón de nuestra esperanza y cuál es el compromiso de vida que necesitaríamos evaluar y ratificar cada diciembre. O, simplemente, comprender y valorar desde posturas legítimamente más agnósticas.
«Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año» dijo Charles Dickens alguna vez. Quizás se refería, justamente, a esta necesidad de comprender que la fiesta conmemorativa o la alegría de estar juntos no son motivo suficiente para hacer de la navidad una genuina celebración del amor. Es decir, del amor comprometido, que implica el descubrimiento y la aceptación del otro, más allá de las fronteras del propio interés o conveniencia personal.
Algo nada fácil para quienes se han acostumbrado a asociar la noción de dios a una entelequia invisible y abstracta a la que se le puede rendir culto con comodidad y sin mirar a nadie. Yo celebro la solidaridad y también la esperanza de llegar a ser alguna vez un país cuyos habitantes se distingan por su apertura genuina y permanente al derecho y a las necesidades de los demás.
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Una respuesta a “Por qué Celebro la Navidad

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